Vita fue Penélope. Estaba recién casada, sin acariciar aún la veintena, cuando Rocco, su joven marido tuvo que alistarse para ir a la guerra, una guerra que le condujo hasta el campo de concentración de Auschwitz, donde sus habilidades y su maestría como ebanista, le hicieron escapar de la muerte con el único arma de un cincel y una cabeza bien “amueblada”.
Tenía tantas ganas de llegar a casa que tardó solo dos meses en hacerlo caminando. Cuando llegó, Vita no le reconocía. Su marido, que había partido con setenta kilos regresó con poco más de treinta. Su primera pregunta fue “¿quién eres?”. Le había esperado cinco años sin saber si estaba vivo, si le habrían matado, qué sería de él, en una recreación de una Penélope italiana, que sin tejer esperaba que la Guerra Mundial devolviera a su amado como los miles de avatares devolvieron a Ulises, vivo.
Las penurias de Rocco y Vita no acabaron aquí. La miseria y la bronquitis les arrebataron cuatro de sus seis hijos, pero ellos insistieron en vivir. Él, de su supervivencia en uno de los sitios más infernales sobre la tierra, aprendió a cultivar su voluntad.
Con el tiempo, su cabeza y su tesón, consiguieron vivir muy bien del negocio de los muebles, dando a las hijas que vivieron lo que no pudieron disfrutar los robados por la privación.
Rocco, que se convirtió en “el tío Rocco” nunca olvidó que no hay nada más oscuro que la medianoche, porque siempre sale el Sol.
Y así se lo enseñó a su nieto. Su nieto es mi amigo Rocco, quien hasta el nombre heredó de su abuelo, así como todas las enseñanzas de un hombre que ha visto la crudeza más dura de la vida, y que sin embargo, lejos de recrearse en lo conseguido, y convertirse en la habitual figura del nuevo rico, consiguió mantenerse como los grandes hombres que se han hecho a sí mismos.
Vita seguía a su lado, creando y construyendo juntos una existencia preciosa y un proyecto común, participando de la manera más activa en el crecimiento de la familia.
Enseñaron a los suyos que no hay nada que no pueda la voluntad, les inculcaron la ópera desde la infancia, enseñándoles a leer los libretos y les enseñaron el valor del trabajo. Con eso crearon una familia culta, que sabe vivir.
Mi amigo Rocco es de los hombres que yo admiro profundamente y que sé que conseguirá lo que quiera, porque en su remota memoria infantil se grabaron los recuerdos de lo aprendido de las personas que habían sufrido.
Y esta breve historia me sirve para citar a Concepción Arenal, que dijo que “el hombre que se levanta aún es más grande que el que no ha caído” o en palabras de Goldsmitn “nuestra mejor gloria no está en no haber caído nunca, sino en levantarse cada vez que caemos”.