La relativización de los principios éticos, el desprecio por los valores, el descrédito de la política y de la cultura, la corrupción misma que socava el sistema y relaja la conciencia al elevado precio de nuestra dignidad, sostienen una falta de compromiso social, una negación de lo público y, en consecuencia, un desprecio moral del bien común que se traduce en la aceptación del pensamiento único como un mal menor ante la imposibilidad de luchar contra un destino que consideramos inevitable pero que, sin embargo, se afianza en nuestras vidas porque nadie tiene la valentía de esgrimir una protesta, de levantar la voz, de romper las cadenas.
Nuestros impulsos no son sino hábitos domesticados que responden a estímulos preconcebidos. No nos movemos a la búsqueda de nuevos horizontes, lo que equivaldría a mantener la esperanza, que es lo único que nos distingue de los animales: nos movilizamos porque no nos gusta ni lo que somos ni de donde venimos. Deberíamos pensar sobre lo que está cambiando, sobre lo que se transforma, todo aquello que pueda suponer una novedad en relación a la triste existencia a la que nos vemos condenados, abocados a una cotidianeidad exasperante donde solo lo nuevo es lo actual, una realidad multilineal, transversal, en cuyas derivaciones somos en tanto que existimos y únicamente existimos cuando avanzamos, progresamos. Esa existencia no es lo que somos, sino a dónde vamos, lo que pretendemos llegar a ser. Como decía Unamuno se viaja no para buscar nuevos destinos sino para huir de donde se parte, para olvidar lo que somos y descubrir lo que queremos ser. El pensamiento nos anima al cambio, a perseverar en la idea de que otro mundo es posible. Sabemos qué es lo que nos preocupa, toda aquello que rechazamos porque atenta contra nuestra dignidad y conciencia, rebajando y lacerando nuestra irrenunciable condición humana. Son esas preocupaciones las que sostienen todo un aparato ideológico porque tanto los principios éticos como los valores e incluso la moral son la munición que carga el futuro. Es preciso ofrecer alternativas. Ya lo apuntó Bauman, uno de los sociólogos que plantea una nueva forma de entender la sociedad moderna. En la confrontación entre conformistas y anticonformistas debe existir una tercera vía para edificar la sociedad moderna porque el cambio social tiene que ser necesario y dinámico. Bauman distingue entre la sociedad sólida, que alcanza la seguridad, los contenidos y los valores, y lo que denomina modernidad líquida, plagada de incertidumbres, relativismo y movilidad. En consecuencia se hace necesario modificar la realidad y comprender que la vía del cambio –de la sociedad sólida a la modernidad líquida– es la única posible y necesaria, además de ser oportuna para evitar los conflictos sociales y mejorar las condiciones de vida. Hay que atreverse a ir más lejos, más allá, implicándose con la realidad que se quiere cambiar, analizándola, comprendiéndola, asumiendo su mecanismo y sus dispositivos, experimentando, dinamitando el sistema desde el interior mismo del sistema y a partir de ahí optimizar la capacidad creativa porque solo imaginando nuevos escenarios podemos transformar el mundo. Estamos instalados en el caos, en el continuo devenir de una crisis sistémica que confluye en un modelo que agoniza. No tenemos dónde agarrarnos, no hay salvavidas en un mundo cuya globalización no conoce límites. Somos prisioneros de la voracidad de los mercados y ni siquiera podemos echar mano de la ideología de la conciencia social colectiva porque hemos sucumbido al consumismo atroz del capitalismo.
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