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Viernes, 18 de mayo de 2012
Última actualización: Jueves, 17 de mayo de 2012 12:35

Domingo, 19 de febrero de 2012
Palabras en libertad

La irreverencia nacional

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Rafa García Rico

España viaja constantemente de la reverencia a la irreverencia, sin solución de continuidad. Se deja apelmazar por la sumisión y la agonía del silencio, se humilla ante los símbolos con la certeza de hacer lo correcto un minuto antes de arrojar al vacío las muestras de respeto, tan pródigamente regaladas.

Los menos inspirados dicen que somos un país de contrastes. Estamos entre el claroscuro y la luminosidad, entre la sombra y el fulgor deslumbrante de la llamarada. Y es así porque somos mortecinos de día e iluminados de noche. Perseguimos la disidencia y castigamos lo diferente con el mismo entusiasmo que glorificamos al extraño que ha caído y erguimos al que se viene abajo con las loas del homenaje al victimismo. Perder es alcanzar la gloria, a veces. El cine negro americano, en el que el protagonista es un perdedor venido a menos, hubiera encontrado en este solar la inspiración para reproducirse millones de veces, creando historias que hubieran surgido más de la realidad que de la imaginación. Somos prosaicos y excéntricos sin término justo y, como decía, reverentes e irreverentes.

[Img #2874]

Sucede que en Madrid se expone la obra de arte de un personaje que ha metido en un frigorífico una réplica del dictador fallecido un veinte de noviembre. El hombre ha logrado provocar las iras de los contrarios, es decir, de los que veneran la efigie y la memoria del gallego ferrolano. Lo ha hecho en un salón de prestigio, emulando con su actitud aquella irreverencia de los surrealistas franceses, de los años veinte, que denostaban con su ira iconoclasta la formalidad al uso y transformaban la realidad de las apariencias con la profundidad onírica y la complejidad de la provocación incomprensible para el común. Hasta ahí la cosa, salvando las distancias. En la España de hoy, provocar con el Caudillo es un asunto de tercera. El valor de la provocación reside en que lo atacado intelectualmente esté en vigor y se denuncie con el arte el pérfido sentido de lo existente denostado. No es el caso.
Sucede también que dos personajes de la farándula, del sector opuesto a la ceja, venerados por la radio episcopal, la prensa de derechas y la gente bien, como reliquias grotescas de aquella movida madrileña convertida en un zaguán de ideas pordioseras, han pecado de irreverencia simulando, en un pletórico acto de vanidad extrema, la recreación de La Piedad. Los personajes son menores y merecen el desprecio de ocultar sus nombres: sólo son oportunistas salidos de madre, que se han quedado fuera de foco al llegar demasiado lejos. Los que reverenciaban su alejamiento del izquierdismo tiernista se han quedado con el pasmo de su perversión lujuriosa y con la ofensa, comprensible, por el desprecio a las creencias. No creo que se trate, en ambos casos, de asuntos referidos a la libertad de expresión sino al oportunismo campante de los clásicos pícaros de la mitología castellana. Viven de una provocación calculada, falseada por el acomodo burgués de los recién llegados al arribismo mediático. Estetas sin estética. 
Ahora, queda saber si la reverencia natural del ser español es capaz de convivir con la irreverencia artificial del mismo ser español. Por mí, no.
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