Ushuaia, capital de Tierra de Fuego, en Argentina, vive con intensidad el conflicto por la soberanía de las islas y aún mantiene las heridas de la guerra de 1982
Las Malvinas son argentinas”, rezan los carteles que dan la bienvenida al viajero en la localidad de Ushuaia, en Tierra del Fuego, al sur de Argentina, conocido también como el Fin del Mundo. Están lejos de la capital, Buenos Aires, situada a 3.080 kilómetros, pero su postura sobre las Malvinas es clara: las Malvinas son argentinas.
“La guerra fue una una tragedia, pero la historia nos dará la razón”, me comentaron en el Centro de Veteranos de la Guerra de las Malvinas, en Ushuaia, en verano de 2010, cuando aún quedaba lejos la conmemoración del 30 aniversario. Ushuaia, la capital de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, es decir, Malvinas, fue una ciudad-presidio durante más de un siglo. Los prisioneros que eran deportados aquí, un penal hoy convertido en atractivo turístico, tenían pocas posibilidades de salir con vida. Hoy, Ushuaia es una ciudad activa, centro turístico de primer orden, incluido su centro de esquí de Cerro Castor, y puerto marítimo de primer orden en el canal de Beagle, punto neurálgico para las relaciones con Chile y punto de partida para las expediciones al Polo Sur.
Pero Ushuaia es también el recuerdo de aquella guerra desencadena por la dictadura militar argentina, el 2 de abril de 1982, para recuperar la soberanía de las islas Falkland, así denominadas por el imperio británico. Aquella brutal dictadura, ávida de encender el patriotismo que ocultase la sangrienta represión, no calculó que Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, respondería enviando la flota, con aviones y marines, que en unas semanas de batalla acabaría con el sueño de los militares dictadores. Hoy, las tumbas y memoriales recuerdan, tanto en Malvinas, como en Ushuaia, el balance de unos 900 muertos y desaparecidos, en una guerra que, por lo menos, contribuyó al fin de la Junta Militar en Argentina. “Hemos tenido muchos problemas, porque la democracia tampoco reconoció nuestro sacrificio”, continuaron explicando en el centro de veteranos, en verano de 2010, la época invernal en Tierra del Fuego, bajo banderas argentinas, pegatinas reivindicativas y, algunos de ellos, ataviados con cazadoras militares adornadas con medallas. Recordaban cómo los exveteranos tardaron en ser reconocidos por su valor, en un país que deseaba dejar para el olvido aquella derrota, aunque no la reclamación de las Malvinas como argentinas.
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Sigue viva la memoria por el hundimiento del buque de guerra argentino ‘General Belgrano’, con la muerte de sus 323 tripulantes, cuando un submarino británico lo torpedeó a pesar de estar en la zona de exclusión del conflicto armado. Algo que los argentinos no olvidan, porque pervive en la memoria de una película. Como es también cine la proyección en Buenos Aires del filme La Dama de Hierro, donde la figura de Thatcher reluce con toda su firmeza en la interpretación de la actriz Meryl Streep y que ha sido objeto de protestas en Argentina, al igual que sucursales de firmas británicas, asaltadas por los manifestantes. Ahora, el congreso de la nación celebrará un encuentro en Ushuaia el próximo 24 de febrero y la ciudad será el centro de un gran acto conmemorativo cuyo objetivo es “demostrar a la sociedad completa de nuestro país, y al resto del mundo, que la causa Malvinas sigue vigente en la mente de todos los compatriotas de Latinoamérica”, según el presidente del Centro de Excombatientes de Malvinas en Ushuaia, Carlos Latorre, al Diario del fin del mundo. Que a las puertas del 30 aniversario el Reino Unido haya decidido enviar de nuevo su flota, con el destructor Dauntless (Intrépido), además del submarino nuclear Tireless (Turbulento), ha incendiado los ánimos entre Buenos Aires y Londres. Y, sobre todo, la presencia del príncipe heredero Guillermo, para completar su formación como piloto de la RAF.
¿Por qué Gran Bretaña realiza esta demostración de fuerza? Desde la oposición al premier David Cameron, dicen que es una operación destinada a desviar la atención a los graves problemas causados por la situación económica y social interna. Sin embargo, los británicos parecen decididos a no abandonar su control de las islas, con la operación en marcha de construir un aeropuerto en la isla Santa Elena, situada a mitad del Atlántico, entre Gran Bretaña y las Malvinas, a fin de establecer un puente aéreo y suplantar el único vuelo que une Malvinas con la Patagonia chilena y que puede anularse, ante la presión de la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, sobre el gobierno de Chile.
La presidenta Fernández de Kirchner ha usado igualmente la solidaridad latinoamericana en esta nueva etapa del conflicto. Ha logrado que los buques con bandera de Malvinas que cubrían la ruta con puertos de Brasil, Chile y Uruguay no puedan aprovisionarse como solidaridad a la reividicación argentina. Londres tiene previsto que sustituyan la bandera de Malvinas por la del Reino Unido. Gana, una vez más, una batalla, pero quizás no la larga guerra, ahora diplomática, que ya ha llegado hasta el foro de Naciones Unidas, en Nueva York, donde el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se ha visto obligado a recordar a ambos países que “eviten una escalada y resuelvan esta disputa de forma pacífica y a través del dialogo”. Algo que ya intentó, sin éxito, Carlos Menem. Y la presión diplomática argentina sobre las Malvinas, apoyada ahora por sus países vecinos, recibe una replica británica de demostración de fuerza militar, para mantener su soberanía sobre las Falkland. Pero en Ushuaia continúan los eslóganes de “Las Malvinas son argentinas”.