Semanario Decano de política, economía, cultura y sociedad
Sábado, 25 de mayo de 2013

Domingo, 11 de marzo de 2012
Palabras en libertad

Nuestro 11 de Marzo

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Rafa García Rico

Recuerdo el 11 de Marzo porque no lo olvido. Parece una obviedad, pero no lo es. Podemos recordar el 11 de Marzo, su significado y su trascendencia, pero no tener presente la memoria de aquel día. Y la memoria si no actúa con el corazón puede llegar a confundirse con el olvido.

Recuerdo el 11 de Marzo con el corazón: recuerdo el dolor, recuerdo la rapidez de los acontecimientos, recuerdo la rabia, los llantos, los gritos, la pena. Sobre todo recuerdo la pena. Porque el drama del 11 de Marzo se incrustaba, minuto a minuto, en los sentimientos, borrando el humo, despejando las manchas de sangre, agotando el fluir de las lágrimas, pero impregnándonos de pena, de una capa árida y terrible de pena que iba cubriéndonos hasta convertirse en una segunda piel dolorida y arañada en el fragor de la tragedia.
No olvidar fue nuestro compromiso. Pero el tiempo no pasa en vano, y todos, antes o después, tendemos a buscar excusas que alivien la tristeza. Y se encuentran. Muchos las encontramos: los que no perdimos ni un padre, ni una hermana, ni un hijo o una amiga. Nosotros, los que vivimos el drama desde la frontera del dolor, podemos relativizar la amplitud del sufrimiento poniéndonos como metra recuperar el optimismo y la alegría de vivir sin mirar continuamente hacia los charcos de sangre, los trenes con las tripas reventadas, los hombres y mujeres de nuestro pueblo abatidos por la metralla infernal del odio y el terror. Pero ellos, los supervivientes; ellos, las víctimas; ellos, los que pudieron salir de la inmensidad de aquel pozo negro, aún padecen la espantosa sensación de desesperanza y la amargura del silencio indescriptible después del trueno ensordecedor. Es decir, aún viven y reviven las explosiones, aún se duelen de su dolor y del dolor de los suyos, de sus muertes…
Podemos pedirnos a nosotros mismos un impulso de ánimo para no atascarnos en el dolor. Pero es muy difícil pedírselo a ellos –aunque deban hacerlo–, es muy difícil y merecen nuestro respeto porque necesitan su tiempo para el consuelo, su tiempo para sentir la terquedad de la tristeza, su tiempo para detener, una vez al año, la marcha imparable del reloj, del calendario, y mirar atrás para revivir, aunque sea en un instante de otro 11 de marzo, aquel 11 de Marzo que segó la esperanza de sus vidas, con una llamada interrumpida, un latido detenido, un silencio para siempre. Tienen derecho a llorar una vez al año, a llorar delante de nosotros, y a que nosotros lloremos junto a ellos con lágrimas sinceras, apretando nuestra manos, uniendo nuestros hombros para soportar, aunque sea una vez al año, la carga indescriptible de ese pesar que sólo ellos alcanzan a comprender en toda su magnitud. 
Por eso, este 11 de Marzo y los días que le siguen, encenderé de nuevo una velita en las regiones de mi corazón que desde entonces llamo Atocha, Santa Eugenia, el Pozo… y marcaré la hora a las 07.37, 07.38, 07.39… y buscaré en mis recuerdos la memoria necesaria para no olvidar, para unirme a ellos, para compartir el dolor, para vivir, para que vivan, para que vivamos…
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