M. Sofía Villaón
En el concepto actual basado en la integración total frente a un concepto o situación individual, que ya lo indicaba Aristóteles en sus libros de metafísica, tiene un papel importante la inteligencia emocional. Cada día se reconoce con más claridad el papel tan importante que juegan las emociones en el desarrollo y recuperación de las enfermedades. Existe un desarrollo integrado del medio científico-sanitario y emocional.
A principios de siglo XX, el concepto de inteligencia social se utilizaba para describir la habilidad de comprender y motivar a otras personas. Ya Edward Thorndike (1920), con esta teoría introdujo dos tipos de inteligencias: una abstracta y otra mecánica. Pero Howard Gardner plantea en 1983 la existencia de siete tipos de inteligencia y afirma que hay dos tipos de inteligencia muy relacionadas con la competencia social y hasta cierto punto emocional: inter e intrapersonal.
Fue este concepto el precursor del actual significado de inteligencia emocional. Pero este término lo acuñaron dos psicólogos norteamericanos, Peter Salovey y John Mayer, en 1990. Pero no tuvo éxito, hasta que en 1995 Daniel Goleman, en su libro Emotional intelligence, lo describe como el conjunto de habilidades de carácter socioemocional de la persona capaces de producir una reacción positiva o negativa cuando el individuo se enfrenta a momentos difíciles e importantes como el peligro, la pérdida de seres queridos, el fracaso familiar o laboral, los conflictos de trabajo, personales…
Las emociones son las que nos ayudan a mantenernos, hay que controlarlas para que ellas no nos controlen a nosotros. Cuando se dominan las emociones las personas se encuentran en armonía, completas y felices. Como decía Goleman, el ser humano tiene las capacidades de conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación y gestionar las relaciones. No hay emociones buenas y malas.
La inteligencia emocional determina la manera en que se relacionan y entienden las personas consigo mismas y con su entorno. Se consideran, pues, las actitudes y los sentimientos.
Engloba habilidades como el control de los impulsos, la autoconciencia, la automotivación, la confianza, el entusiasmo, la empatía... y sobre todo es el recurso necesario para ofrecer nuestras mayores prestaciones profesionales. Entre las emociones más importantes del ser humano están la alegría, el miedo, la tristeza, la melancolía o la rabia.
No existe un test capaz de determinar la intensidad de inteligencia emocional, a diferencia de lo que ocurre con los test que miden el cociente intelectual. Pero pueden ayudar a visualizar de forma instructiva el tipo de aptitudes específicas que ambas dimensiones pueden aportar al conjunto de cualidades que constituye una persona.
En la actualidad, la persona inteligente como ideal del ser humano está casi en desuso y surge el concepto de inteligencia emocional como alternativa a esta visión clásica de la vida.