Semanario Decano de política, economía, cultura y sociedad
Sábado, 25 de mayo de 2013

Domingo, 24 de junio de 2012
Reflexiones desde el soberado

Los líderes del futuro

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artola

Cuando Aristóteles definió al hombre como un animal político lo hizo a sabiendas de que la condición humana soporta un espíritu gregario capaz de asumir socialmente un sentimiento común, una conciencia colectiva y la dignidad suficiente como para identificar su voluntad soberana con el poder del pueblo considerado como tal, no en el individuo, porque son los pueblos los que protagonizan la historia y escriben su destino.

Los hombres pueden liderar procesos y constituirse en símbolos, pero son los pueblos los que progresan y se perpetúan en la memoria histórica. Por eso, una idea puede imponerse sobre otras y significar un gran cambio, una revolución imparable capaz de transformar las estructuras sociales y el modelo de convivencia bajo el impulso imparable del convencimiento de que otro mundo es posible. Desde esa perspectiva, el cambio no es solo parte esencial de la vida, es la vida misma abriéndose camino, reafirmándose, recreándose continuamente al tiempo que se destruye, renovándose y exigiendo soluciones nuevas para los viejos problemas de siempre. ¿Qué ha fallado, pues, para que nuestro modo de vida haya colapsado? Las raíces del fracaso global hay que buscarlas en el sistema capitalista, que ha entregado el poder a los mercados y ha confundido el crecimiento del hombre y el desarrollo del espíritu humano con una cuenta de resultados en la que no se formulan pensamientos ni ideas sino guarismos que expresan pérdida o beneficio. El sueño de libertad que trajo consigo la democracia ha sucumbido con el neoliberalismo, que de paso ha sepultado el bienestar y arrasado los derechos que un día creímos fundamentales, inalienables, y que hoy son papel mojado, un arma arrojadiza para la confrontación partidista, el mejor catalizador para universalizar el miedo y el pensamiento único, el instrumento más eficaz al servicio de los mercados libres de cualquier regulación. Sin embargo, uno a uno, somos conscientes del expolio, sabemos que nos lo han robado todo, pero desconocemos cómo actuar. Necesitamos que alguien surja del anonimato y nos enseñe el camino. No la misma senda trillada de siempre, la de la perdición y el olvido, sino más bien la que retoma la memoria en el punto en que la extraviamos y nos devuelve nuestra condición y la dignidad arrebatada. Entonces, estoy convencido de ello, haremos causa común, un frente colectivo y único que diluya esta masificación que cosifica y anula. El capitalismo no tiene referentes morales ni respeta principios éticos. Su único objetivo es crecer, acumular, no repartir o socializar. Y ya ha quedado demostrado que el crecimiento, así, sin más, es parte del problema, no de la solución. Estoy de acuerdo con Julio Anguita cuando se refiere a una solución interclasista para hacer frente a la crisis sistémica, un movimiento ciudadano por el cambio que vaya mucho más allá de los partidos o de los agentes económicos y sociales, pero que, no obstante, no olvide la política como la mejor herramienta para la transformación. Es verdad que la revolución no es únicamente Castro entrando en La Habana ni son los cuarteles de invierno –todo eso son postales revolucionarias– porque, como teorizaba el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, la revolución está en medidas justas, necesarias, imprescindibles, legales, que tienen el potencial de que una vez puestas en marcha desencadenan procesos de ulteriores cambios. Hay que empezar a pensar por nuestra cuenta. Un hombre con una idea nueva es un loco, hasta que esa idea triunfa.    
www.manueldominguezmoreno.net
betisalai@manueldominguezmoreno.net
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