Los chinos crecen como hongos. Nacen, se reproducen y no se mueren. No en balde son casi mil millones de habitantes. Las esquinas de nuestras ciudades, antes pobladas por bancos, están llenas de chinos.
El “chino” es el sustituto del “todo a cien”, que ahora es 166,39 de las extintas pesetas. Y más que gangas, lo asombroso es que encuentras de todo. Igual que en aquellas calles de Madrid como Pontejos, donde las señoras compraban el botón más difícil todavía o las puntillas más atrevidas tal que si fueran para exhibirlas en el cancán. Bueno, pues los hijos de Confucio, Mao Tse-tung y Chang Kai-shek no cesan en la proliferación de comercios. Primero fueron los restaurantes chinos, con su rollito de primavera y su salsa agridulce, arroz tres delicias, etcétera, y ahora son estas tiendas que no sólo te venden la bandera de España sino un Cristo nazareno y, por supuesto, una bailaora y un toro con banderillas pero sin la luna de la dehesa (abstenerse en Cataluña).
Asimismo me sorprendo, me hago cruces, de lo rápido que aprenden el español. Más que en Cataluña, perdón por la reiteración. “Pelo” por perro, “lata” por rata, porque también expenden raticidas, trampas para los “latones”, “tlapos” por trapos… ¿Y qué sabemos nosotros, los españoles, del chino? Pues que tienen los ojos achinados y que todos nos parecen iguales. De ahí que en las competiciones deportivas internacionales surjan más de mil reclamaciones porque el del pimpón, además de imbatible, puede que tenga cien años en vez de quince y el Comité Olímpico sin enterarse. No digamos nada del judo u otras artes marciales. Los españoles que estuvieron en los Juegos de Pekín, se trajeron bajo el brazo, en plan cursi, Beijing en vez de Pekín, y Sanjai, nombre silabeado al modo del barrio de Salamanca, en lugar del Shanghai, el de toda la vida. Si lo sabrá usted.
En este ir y venir español a esta zona del flan chino mandarín, cómo lo que sabía Avecrem, corre la historia —no sé si será leyenda urbana— de que un matrimonio español, llegado a Hong Kong en una caravana, y al ir a comer a un restaurante, pescado vivo, culebras vivas, hormigas gateadoras, alacranes selectos al aguijón, solicitaron que a su perro lo pusieran a buen recaudo mientras ellos degustaban la comida. Cuál fue la sorpresa cuando los cocineros chinos les servían, momentos después, a su perro al chilindrón.
Conviene desterrar aquellos aforismos que arrojaban a las tinieblas expresiones como “les engañamos como a un chino”. Nunca jamás. Ellos son grandes comerciantes. Son relativamente limpios. No montan broncas como los moros. Y a la bronca la llaman “blonca” y a la muerte, “muelte”. Ah, eso sí, me gustaría ver algún entierro chino. Es posible que lo expendan en una tienda de los “chinos”.
PD. Luego están los chinos underground. Esos que trabajan hacinados como hormigas en un metro cuadrado. Eso también es made in China.
santiagolopezcastillo@yahoo.es