
Los medios de comunicación no hablan nunca de estas cifras, ni coinciden para nada con las que dan las organizaciones de mujeres —y así llevamos años— que, como la Red Estatal Ferminista (REF), nos muestran el mapa más vergonzoso que un país puede mostrar, diseñado con las cifras de la vergüenza que produce la violencia contra las mujeres con resultado de muerte.
María, Inés, Sabrina, Julia o Mónica, aunque de diferentes edades, profesiones o comunidades autónomas, tenían un denominador común: ser mujer. De este total de víctimas, treinta y ocho mujeres
fueron asesinadas por sus parejas o exparejas sentimentales con los puños, con arma blanca, con escopeta, con hacha, con piedras o a ladrillazos. Otras ocho mujeres más fueron asesinadas en lo que
va de año por sus hermanos, padres, nietos o primos con azadas, mediante estrangulamiento o acuchilladas. Tres mujeres más fueron asesinadas tras sufrir agresión sexual. A estos datos tenemos que
sumar también, como recoge la REF, la cifra de una mujer más, asesinada dentro de la categoría
de tráfico de mujeres y prostitución.
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Cuarenta y ocho asesinos con el más absoluto desprecio hacia la vida de las mujeres, sin ningún
respeto hacia sus derechos a decir no a una vida llena de infelicidad, a decir no a ser abusadas,
a decir no a continuar una relación. Con absoluto ensañamiento y odio, mandaron un mensaje a
toda la sociedad en el que puede leerse que las mujeres somos maltratables, desechables, que nuestra
vida no tiene valor. Las mujeres latinoamericanas, especialmente las expertas mexicanas, llamaron
a esto feminicidios. El término conlleva además el mensaje de que las mujeres no tenemos valor
y se nos puede matar en grupo por el hecho de que existe una responsabilidad social e institucional
que por acción u omisión nos hace cómplices de esta situación.
El feminicidio se define literalmente, según Naciones Unidas, como “el asesinato de la mujer por el sólo hecho de serlo”. Se basa en las relaciones desiguales de poder entre los hombres y las mujeres y puede darse en espacios privados o públicos. Constituye un feminicidio la permanencia y continuidad de la violencia de género que se manifiesta en violaciones, torturas, mutilaciones, esclavitud sexual, incesto y
abuso sexual de niñas y mujeres dentro y fuera de la familia. La maestra y antropóloga feminista
mexicana Marcela Lagarde definió los feminicidios como “el genocidio que se comete contra mujeres
y sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales conformadas por el ambiente ideológico y social de machismo y misoginia, de violencia normalizada contra las mujeres, que permiten atentados contra la integridad, la salud, las libertades y la vida de las mujeres. Todos coinciden en su infinita crueldad y son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres”. Según Josebe Egia, existen al menos dos tipos de feminicidas: “Los hay que asesinan a las mujeres en vida, descuartizan su identidad, descomponen golpe a golpe su fisonomía y dejan marca indeleble en su memoria. Después las dejan
vivir, pero ya han matado algo de ellas. El otro tipo es el que las asesina hasta la muerte. Como el otro, mantienen a la mujer matándola lentamente bajo tortura. La aíslan, la humillan, la someten; después, la matan. El 85 por ciento de los asesinatos de mujeres por esposos, parejas o exparejas tiene lugar en procesos de separación o divorcio. Las asesinan en un espacio de indefensión, en la cárcel de tortura que habían construido para ellas.