
En 2008, la Plataforma de mujeres artistas contra la violencia de género que presido, en una de sus acciones en Cisjordania, trasladó al Ministerio de Asuntos Exteriores israelí y más tarde a Naciones Unidas un extenso informe sobre la situación de las presas palestinas en las cárceles israelíes.
En estos días, y tras el acuerdo alcanzado entre Israel y Hamás para liberar al soldado israelí Gilad Shalit a cambio de la inminente liberación de un millar de presos palestinos, reivindicamos que el canje contemple la total liberación de las mujeres presas palestinas. Y esperamos que no suceda lo que ha ocurrido en otros tiempos, donde se anunciaba a bombo y platillo la liberación de presos palestinos por parte de Israel y lo único que se hacía era meter en este saco a todos los presos que habían cumplido ‘condena’ o estaban a punto de cumplirla, algo que denunció en muchas ocasiones la Autoridad Nacional Palestina (ANP). El líder del movimiento islamista Hamás, Jaled Meshal, con quien nos reunimos en Damasco en enero de 2009 para trasladarle el mismo informe y pedirle que se priorizara la liberación de las mujeres presas, ha confirmado el pacto y ha afirmado que, de los 1.027 detenidos palestinos que serán liberados, 27 son mujeres.
La situación de las mujeres presas es especialmente grave ya que la mayoría sufre el limbo jurídico a la espera de juicios. La mayoría de ellas sufre ‘prisión administrativa’, lo que significa que, sin ningún delito demostrado, “si te consideran una persona peligrosa para el Estado puedes entrar en prisión sin ningún tipo de prueba”. Son mujeres que están sufriendo la violación de sus derechos, abusos físicos, psicológicos y sexuales. El encarcelamiento de las mujeres palestinas supone un daño irreversible, en la mayoría de casos, al proyecto de vida de estas mujeres, pero también una acción que las convierte en víctimas de un proceso judicial que las niega como sujetos de derecho y las estigmatiza a la hora de volver a sus hogares, comunidades, centros de trabajo, a su vida anterior. Asimismo, el daño personal y colectivo a las mujeres, en cualquiera de los aspectos, supone un deterioro en el proceso de reconciliación de los pueblos sobre la base de una paz justa. La violencia sobre las mujeres es utilizada como castigo colectivo y expresión de dominio, y como un instrumento bélico más para generar el terror. Por lo tanto, se trata de crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, considerados por la jurisprudencia internacional como equivalentes al genocidio y la tortura. En los países en conflicto, estos crímenes ocurren en el marco de las estrategias militares, y dentro de la categoría de los excesos. Es, por tanto, una violencia que los contendientes tienden a callar, los unos y los otros. Pero, dentro de las fuerzas estatales, las mujeres no sólo han sido usadas y abusadas por los ejércitos formales, lo han sido también por procesos judiciales arbitrarios que las victimizan desde otros frentes: un ejemplo claro es la ya mencionada prisión administrativa, que constituye una práctica contraria a las normas internacionales de derechos humanos y que frecuentemente obvia que “toda persona privada de libertad será tratada humanamente y con el respeto debido a la dignidad inherente al ser humano”.
En 2010, durante la reunión que mantuvimos en Ramalla con el ministro para Asuntos de los Prisioneros de la ANP, Issa Karaka, nos dio los datos de que más de 7.000 presos permanecían en las 21 cárceles israelíes y, de esta población reclusa, unas 120 eran mujeres y 300 menores de edad. Pero en la cuestión que más hincapié hicimos fue en la situación de las mujeres embarazadas que paren en prisión esposadas de pies y manos y a las que se les niega el derecho a ver a sus hijos recién nacidos. Por eso, hoy, desde esta página pido la liberación de todas las mujeres presas palestinas y exijo que en nuestros cuerpos y en nuestros pueblos, no más violencia.