
Hace algún tiempo conocí el trabajo del veterinario español Albert Sordé y el de otros profesionales comprometidos con el respeto y los derechos de los animales, especialmente de los toros. Sordé es profesor en la universidad de Barcelona y director y cofundador de SOS Galgos, director de la clínica veterinaria Tres Vet y fue miembro y tesorero de la Junta de Gobierno del Colegio Oficial de Veterinarios de Barcelona.
Es uno de los profesionales más involucrados
en la defensa y protección de los animales y que más ha denunciado el bloqueo
en este país de las leyes de protección animal y su aplicación por los
intereses de grupos de poder relacionados con la tauromaquia y la caza. Esta
minoría influyente ha tenido la complicidad de los dos partidos mayoritarios,
PSOE y PP, y han puesto a este país en la cola de los países menos
desarrollados en lo que respecta a legislación, derechos y respeto animal.
Albert elaboró un trabajo espléndido sobre el sufrimiento físico de los toros
durante las corridas. Afirmaba que, tras salir a la plaza y después de haber
burlado al animal con el capote, el picador le clava la lanza, que le destroza
los músculos además de vasos sanguíneos y nervios, abriéndole agujeros de tal
tamaño que pueden hundirse la banderillas. Están terminadas en forma de arpones
o ganchos de acero cortante y punzante de entre seis y ocho centímetros de
longitud. Son clavadas en el lomo y quedan enganchadas en la carne,
desgarrándola. Más tarde, se atraviesa al toro con el estoque, espada de 80
centímetros que, según el lugar del cuerpo por el que penetre, destroza el
hígado, los pulmones, etc. Cuando la espada le corta la gran arteria, el toro
agoniza con enormes vómitos de sangre que se brotan por la boca y la nariz.
El toro, en un intento desesperado por
sobrevivir, se resiste a caer y, por su gran memoria, suele encaminarse a la
puerta por la que le hicieron entrar en ese maldito lugar, llamada puerta de
chiqueros. El animal busca la salida, creyendo que por ahí podrá volver al
campo, huyendo así de tanto maltrato y dolor. Pero sus verdugos le apuñalan la
nuca con el descabello, otra espada, que termina en una cuchilla de diez
centímetros.
A pesar de tan terribles tormentos, el animal
no suele morir, por su gran potencia física, pero finalmente cae al suelo,
porque el estoque le ha ido destrozando los órganos internos mientras los
ayudantes del matador, con las capas, le hacen girar al toro a izquierda y
derecha, cortándole la espada con estos movimientos sus órganos internos.