
A raíz de las movilizaciones populares en países de mayoría árabe y musulmana, se han vivido una amalgama de acciones ciudadanas de calado pacífico, cuyas protagonistas más destacadas han sido, sin duda alguna, las mujeres. Movidas por inquietudes cívicas y políticas, e incluso para algunas religiosas, ellas han venido a reclamar un espacio legítimo ante el diseño de los nuevos Estados que se tendrán que configurar.
Pero la pregunta que subyace en las
conciencias globales es: ¿y ahora qué? ¿qué supone la declaración de Estados
islámicos? Y la cuestión que va más allá: ¿en qué posición quedarán las
mujeres? Obviando cuestiones más relevantes como la connivencia de los
gobiernos europeos en la interlocución constante con aquellos líderes que se
han caracterizado por su rancia misoginia.
Sobra decir a estas alturas que en algunos de
estos países el reclamo se ha dirigido hacia la definición de Estados laicos,
donde la confesionalidad quedará (o debería quedar) relegada al ámbito de la
esfera privada del individuo. En otros, como es el caso de Libia, la
declaración de Mustafá Abdul Yalil, jefe del Consejo Nacional de Transición
libio, recogió su opinión acerca de que la sharia sería la principal fuente de
legislación en el nuevo Estado que se debe crear. Sin duda alguna, esta
afirmación no ha hecho sino levantar todo tipo de preocupaciones para quienes
siguen viendo el islam como un todo unívoco, simplificado y base a una lectura
plana y fundamentalista de la realidad.
Personalmente, considero que no debería de
suscitar mayor problema que un Estado se constituyese con un carácter islámico.
La originaria Medina, considerada como la primera ciudad islámica, promovió una
liberación absoluta del ser humano (y también de las mujeres en igualdad de
condiciones). Hoy en día, el análisis de algunas sociedades se sigue realizando
en base a la aplicación de una sharia inexistente, obviando que el resultado de
lo que lleva a cabo es el Fiq, jurisprudencia basada en textos sagrados con
indicaciones morales (no jurídicas). Por lo tanto, el problema no es en sí que
se declare un Estado como islámico, sino qué interpretaciones de los textos
sagrados se aplicarán para componer la nueva legislación.
Si los nuevos Estados que se van a proclamar
lo hacen en base a una visión islámica, deberían tomar como base el respeto al
principio de igualdad y justicia de género inherente a la revelación coránica,
no tendría por qué existir mayor alarma. La preocupación radicaría en la
existencia de una injerencia del sistema patriarcal en la manera en cómo se
crean y aplican esas leyes y, para eso, no es preciso que el hecho religioso entre
en escena.