
¿Por qué las empresas periodísticas concentran hoy su mirada en todos los países latinoamericanos, donde los proyectos democráticos tratan de superar viejas estructuras y convencionalismos del poder tradicional? El pasado mes de octubre, Lima ha sido sede de la 67 Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), del encuentro de la Asociación Internacional de Radiodifusión (AIR) y la presencia de publicaciones económicas, preocupadas por la presunta inseguridad de la inversión privada, pero, en todos sus discursos, excluyen el sensacionalismo como el peor enemigo de los derechos humanos, empezando por la libertad de prensa.
El dinámico escenario internacional ha
incentivado un nuevo amarillismo noticioso, liderado por la televisión de señal
abierta. El cierre de uno de los diarios del imperio Murdoch ha puesto en el
debate el ejercicio de la libertad y recobran actualidad los antecedentes del
magnate norteamericano William Randolph Hearst (1863-1951), desnudado en
Ciudadano Kane, una de las obras maestras de la historia del cine, y que Hearst
prohibió que se mencionase en sus periódicos el estreno de la película.
“You provide me with the photographs, and I’ll
provide you with the war” (Usted suminístreme las ilustraciones, que yo le
suministraré la guerra). Fue la elocuente respuesta de Hearst al dibujante del
Journal, Remington, quien desde La Habana a finales de 1897 telegrafió a su
jefe diciéndole: “Todo está en calma. No hay problemas. No habrá guerra”.
Este pasaje adquiere mayor connotación cuando
el editor del Journal, Richard Harding Davis, tras la publicación de los
dibujos de Remington, dijo que nunca había visto que Hearst llamara la atención
o sancionara a los autores de noticias falsas y él se alejó para siempre de este empresario, que
alcanzó lugares privilegiados en la vida política y financiera de los EEUU.
Pero no sólo las palabras escritas son sensacionalistas.
Desde la década de los noventa, en el Perú se ha instaurado el género policial
como forma y fondo de la pantalla chica, con el afán deliberado de subestimar o
silenciar acontecimientos de
interés colectivo, en desmedro de la ética y los valores de la convivencia
social.
“Si no pasa nada, tendremos que hacer algo
para remediarlo: inventar la realidad”, afirmaba Hearst, quien demostró que la
prensa podía ser un terrible poder al que había que tomarlo muy en cuenta en la
política y en los negocios.
La esencia de la libertad
Los mensajeros del sensacionalismo, es decir,
los grandes propietarios de la prensa regional, han impuesto un guión, que
inclusive los políticos más lúcidos y honestos no encuentran mecanismos para
proteger la esencia de la libertad de prensa. El país no es solo una lista de
hechos policiales y de inseguridad ciudadana.
Solo queda una salida: en aras del pluralismo
económico, corresponde a los medios públicos convertirse en tribunas más
abiertas y no ser administrados exclusivamente por el Estado, sino también con
participación ciudadana.
El sensacionalismo debería ser parte
fundamental de los grandes foros y de sus gremios representativos. Las
instituciones democráticas, como el Consejo de los Derechos Humanos del Perú
(CNDH) ha solicitado la colaboración a la prensa para que participe en la
elaboración del Plan Nacional de Derechos Humanos para el periodo entre 2011 y
2016, que debe incluir entre otros puntos, la adecuación de la legislación
peruana a las convenciones de derechos humanos suscritas. El tema de la prensa
es vital, sobre todo en esta época en que la cibernética va restando vigencia a
las fuentes convencionales, y la tradicional empresa periodística, mediante
subterfugios, pretende silenciar, tergiversar y oponerse a las decisiones
democráticas que inciden contra el narcopoder, la corrupción generalizada y la
ineficiencia de las burocracias.